A clergyman or priest with a perplexed expression, scratching his head.

Cuando nuestra teología topa con la experiencia vivida (por Neil Rees)

Foto de Neil Rees, bloguero invitado

A veces me he pre­gun­tado cómo habría sido ser uno de los pri­me­ros dis­cí­pu­los de Jesús. Ya no tengo la imagen un tanto román­tica que antes alber­gaba: esa visión de una panda de ino­cen­tes deam­bu­lando por las laderas del Mar de Gali­lea cau­ti­va­dos por las pala­bras de Jesús, las charlas alre­de­dor de una candela en la playa o en casa de algún fari­seo o cobra­dor de impues­tos… Pero hasta hace poco, sí que me imagi­naba que habrían reci­bido una for­ma­ción com­pleta; tres años al lado del maestro debían haber servido para pre­pa­rar­les para todo lo que el futuro les depa­ra­ría, ¿no?

Jesús compartiendo comida con sus discípulos a orillas del Mar de Galilea

Imagen cortesía de Lumo Project Films.

Sin embargo, no parece que fuera así.

¿Por qué, por ejemplo, no advirtió Jesús a los após­to­les acerca de la polé­mica de la cir­cun­ci­sión que azo­ta­ría la cre­ciente comu­ni­dad cris­tiana? De hecho, ni una única vez habló de este asunto que luego tanta con­tro­ver­sia levan­taría. ¿Tan difícil habría sido auto­ri­zar­les a aban­do­nar el man­dato mosaico y reci­bir a gen­ti­les sin exi­gir­les cir­cun­ci­darse?

Por lo que se ve, Jesús no tuvo nin­guna inten­ción de entre­gar una serie de reglas o normas que, bien memo­ri­za­das, servi­rían para cual­quier situa­ción futura con la que sus segui­dores pudie­sen encon­trarse. Más bien, quiso darles un ejemplo vivo de cómo com­por­tarse y rela­cio­narse con la gente en una mul­ti­tud de situa­cio­nes, la mayo­ría de las cuales desa­fia­ban sus con­vic­cio­nes tra­di­cio­na­les y este­reo­ti­pa­das. Les enseñó prin­ci­pios y valores, instán­do­les a desa­rro­llar la capa­cidad de oír la voz de Dios y reco­no­cer el mover del Espí­ritu en cir­cuns­tan­cias des­co­no­ci­das. La opor­tu­ni­dad, la nece­si­dad, de ejer­cer este dis­cer­ni­miento no tardó en pre­sen­tarse.

A partir de los eventos de Pen­te­cos­tés, poco a poco fueron unién­dose a la comu­ni­dad cris­tiana per­so­nas de dis­tin­tos tras­fondos. Ya no eran apenas «varo­nes gali­leos» (Hechos 1:11). Judíos de Jeru­sa­lén y la región de Judea, entre ellos algu­nos sacer­dotes, adop­ta­ron la nueva fe. Del mismo modo iban apare­ciendo otros de la diás­pora —de habla griega— creando una diná­mica nueva que pro­vocó deci­sio­nes crea­ti­vas y valien­tes. Se sabe de sobra, como bien nos aclara Juan, que «los judíos no tienen trato con los sama­ri­ta­nos» (Juan 4:9, DHH [1]). Por tanto, la expan­sión a Sama­ria a manos de Felipe sin duda causó cierta reti­cen­cia para más de uno en una iglesia que, a todos los efectos, era otra secta más del judaísmo del momento. Pero es en el capí­tulo 10 del libro de los Hechos de los Após­toles que llega un momento crítico.

Permíteme interrum­pir la narra­ción un momento. ¿Qué tiene todo esto que ver con un blog sobre las rela­cio­nes de parejas del mismo sexo? A ver…

Un pastor o sacerdote con cara de perplejidad que se rasca la cabeza.

Imagen creada con Grok.

A lo largo de su his­to­ria, la igle­sia ha afron­tado momen­tos que han desa­fiado el enten­di­miento reci­bido o tra­di­cio­nal y las pos­turas teo­ló­gi­cas o inter­pre­ta­cio­nes escri­tu­ra­les que lo man­tienen. A través de un pro­ceso de diá­logo, escucha —en espe­cial de la expe­rien­cia vivida— y refle­xión, en humil­dad y aper­tura de cora­zón, todo no sin evi­den­tes y fuer­tes luchas inter­nas, dog­mas y creen­cias sen­tidas se han eva­luado y ajus­tado o repu­diado.

Entre otros, podría­mos hablar del helio­cen­trismo, la legi­ti­ma­ción de los sobe­ra­nos abso­lutos, la evo­lu­ción, la edad de la Tierra, el papel de la mujer en la igle­sia y la socie­dad, el aban­dono del paci­fismo, el cas­tigo corpo­ral y capi­tal, el divor­cio, la poli­ga­mia, el anti­se­mi­tismo, la supe­rio­ri­dad de la raza blanca y la cul­tura occi­den­tal, la escla­vi­tud, los medios anti­con­cep­ti­vos… El estí­mulo para estos cambios amplios no nació dentro de la igle­sia en sí, sino que fue el resul­tado de un choque de pen­sa­miento al afrontar ideas nove­do­sas o prác­ti­cas hete­ro­gé­neas en las socie­da­des circun­dantes. Con todo, el testi­mo­nio de la expe­rien­cia vivida y las evi­den­cias del mundo natu­ral forza­ron una revi­sión de con­vic­ciones profun­da­mente arrai­ga­das y per­ci­bi­das como «bíblicas».

Fotos relacionadas con temas reevaluados por la iglesia: el planeta Tierra, mujeres en una iglesia, una iguana.

Fotos por la NASA, Prince Kwembe y Simon Berger en Unsplash.

Hoy, de cara a los cam­bios socio­cul­tu­ra­les e inves­ti­ga­cio­nes cien­tí­fi­cas actua­les, con­tem­pla­mos otra cues­tión. Aunque pueda pare­cer radi­cal, cues­tio­nar inter­pre­ta­cio­nes tra­di­cio­na­les sobre la homo­sexua­li­dad y las rela­cio­nes homo­eró­ti­cas tiene pre­ce­den­tes. Cierta­mente, la materia en sí refleja nuestro mundo con­tem­po­rá­neo, pero dentro de la pro­pia his­to­ria de la igle­sia, verse obli­gado a abra­zar un pro­ceso cos­toso de reeva­lua­ción con poten­cial para desen­ca­de­nar even­tua­les cam­bios de enten­di­miento, desde luego no es nada nuevo.

Afortunada­mente, las Escri­tu­ras nos dejan ejem­plos de pro­ce­sos simi­la­res que nos pueden servir de para­digma. Si no se hubie­sen tomado pasos gigan­tes­cos de inno­va­ción, el evan­ge­lio nunca habría podido tras­pa­sar las fron­te­ras del mundo semí­tico judío e injer­tarse en el mundo greco­rro­mano de la época. Y noso­tros, gen­ti­les en nuestra mayo­ría, nunca habría­mos cono­cido a Cristo.

Ahora, efectuado este pequeño desvío en modo de aclaración, volvamos al libro de los Hechos, capítulo 10

Lucas nos presenta en primer lugar a un tal Cornelio, coman­dante de un bata­llón de sol­da­dos roma­nos en Cesa­rea. A pesar de ser con­si­de­rado pia­doso y teme­roso de Dios [2], era un no-judío, gentil, pagano.

Un centurión romano

Imagen de Stockcake.

A Dios no parece impor­tarle mucho su con­di­ción de incir­cun­ciso; no solo le ase­gura que sus ora­cio­nes se han oído, sino que le manda un recado bien espe­cí­fico, con el nombre y direc­ción del que tiene que traer: Simón Pedro. Mientras tanto, el após­tol se encuen­tra a unos dos días de viaje en Jope. Justo antes de que lle­guen los envia­dos de Cor­ne­lio, inmerso en oración al esperar que se le prepare la comida, recibe una visión acompañada por las palabras enigmáticas «Lo que Dios ha puri­fi­cado, no lo con­si­de­res tú pro­fano» (Hechos 10:15, BLP [3]). La visión le deja per­plejo y a la defen­siva, lleván­dole a pro­nun­ciar una frase que encierra ten­sión: «De nin­guna manera, Señor».

Era normal que Pedro no supiera qué pensar. Las leyes leví­ti­cas sobre qué se podía y qué no se podía comer eran claras y su apli­ca­ción cimen­tada en las tra­di­cio­nes y el día a día de los judíos. Las cos­tum­bres basa­das en la bús­queda de pureza ritual dicta­ban no solo la dieta sino los acom­pa­ñan­tes acep­ta­bles a la hora de comer de todo judío, con­vir­tiendo cada comida en un acto de obe­dien­cia a Dios.

Manos que preparan un pan tradicional judío: el jalá trenzado.

Imagen de Stockcake.

¿Cómo que Dios ahora le dice lo con­tra­rio? Meter la mano y mojar el pan en el mismo plato con un gen­til incir­cun­ciso e inmundo que comía de todo era impen­sable.

No obstante, Pedro reunió un grupo de acom­pa­ñan­tes y volvió con los envia­dos a casa de Cor­ne­lio, donde, ante los ojos incré­du­los de los cre­yen­tes judíos, Dios remató la faena. No dio ni siquiera tiempo a Pedro de ter­mi­nar su ser­món cuando «el Espíritu Santo des­cen­dió sobre todos los que oían el men­saje» (v. 44). No fue­ron movi­dos por razo­nes emo­cio­na­les o socia­les, su asom­bro fue que «también sobre los no judíos se derra­mase el don del Espí­ritu Santo» (v. 45). Ante la inne­gable evi­den­cia de la acep­ta­ción divina, se abre un nuevo capí­tulo en la his­to­ria de la igle­sia: «¿Puede negarse el bau­tismo a estas per­so­nas que han reci­bido, como noso­tros, el Espí­ritu Santo?» (v. 47).

Claro, no fue el final del asunto. Pedro tuvo que defen­derse de las acu­sa­cio­nes de here­jía de parte de cris­tia­nos en Jeru­sa­lén. Y las impli­ca­cio­nes de esta acep­ta­ción, en espe­cial el bur­larse del man­dato mosaico de la cir­cun­ci­sión, no tar­da­ron en apa­re­cer, cau­sando «gra­ves con­flic­tos». Además, la acción de Pedro no dis­pen­saba del nece­sa­rio tra­bajo teo­ló­gico pos­te­rior. Hechos 15 y una parte sig­ni­fi­ca­tiva de las epís­to­las de Pablo dejan cons­tan­cia de este pro­ceso labo­rioso.

¿Y Pedro? El hecho de que luego vol­viera a sus anti­guas andan­zas, rehu­sando comer con los cre­yen­tes no judíos en Antio­quía (Gálatas 2:11-14), da tes­ti­mo­nio de la pro­funda lucha que se desató en él. No olvi­de­mos que ni los tres años al lado del Maes­tro habían ser­vido para rom­per su clara con­vic­ción, expre­sada a Cor­ne­lio, de que «a un judío le está pro­hi­bido rela­cio­nar­se con extran­jeros o entrar en sus casas» (Hechos 10:28).  Era de espe­rar, pues, que esta reve­la­ción per­so­na­li­zada de parte de Dios en Jope y la expe­rien­cia de la acción directa del Espí­ritu Santo en casa de Cor­ne­lio tam­poco le inmu­ni­za­ran contra las dudas.

Vistas las difi­cultades de Pedro, no debe­mos extra­ñarnos si hoy nos cuesta tam­bién. De cual­quier modo, Dios nos invita a ser sen­si­bles al mover del Espí­ritu Santo en per­so­nas y con­tex­tos que no enca­jan en nues­tros moldes teo­ló­gi­cos; a soltar nues­tros pre­jui­cios y abrir­nos, a pesar de la exclu­sión his­tó­rica, a la expe­rien­cia vivida de per­so­nas del colec­tivo LGTBQ+ de la gra­cia de Dios. Sabiendo que toda­vía ten­dre­mos que dedi­car tiempo a la refle­xión teo­ló­gica, ¿sere­mos capa­ces de decir, como Pedro?:

El altar de una iglesia, con una enorme bandera LGTBQ+ delante.

Foto por Rod Long en Unsplash.

«¿Puede negarse la comu­nión a estas per­so­nas LGTBQ+ que han reci­bido, como noso­tros, el Espí­ritu Santo?»

Logotipo del bloguero invitado Neil Rees

Notas

[1] DHH: Dios habla hoy®, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983, 1996. Texto usado con permiso.

[2] Estas expre­siones se usaban para desig­nar a per­so­nas que creían en el Dios de Israel, pero que no habían dado el paso de con­ver­tirse. Se les per­mi­tía par­ti­ci­par en las ora­cio­nes en las sina­go­gas, pero toda­vía eran con­si­de­ra­das como per­so­nas «impu­ras». Para los hom­bres, el paso impres­cin­di­ble para llegar a ser pro­sé­lito era la cir­cun­ci­sión, que, en el mundo greco­rro­mano, repre­sen­taba una barrera impen­sable para la vasta mayoría.

[3] BLP: La Palabra, versión espa­ñola, © Socie­dad Bíblica de España, 2010. Texto usado con per­miso. Si no se indica lo con­tra­rio, las citas bíblicas de este post son de la BLP.

[4] Este libro de Neil Rees fue publi­cado en espa­ñol en el año 2000 por Misión Hori­zon­tes (Hori­zon­tes Amé­rica Latina) y en inglés en 2007 por la edi­to­rial Kings­way (East­bourne, Reino Unido), con el título Not Every­thing in Our Bibles Is Inspired.

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