A veces me he preguntado cómo habría sido ser uno de los primeros discípulos de Jesús. Ya no tengo la imagen un tanto romántica que antes albergaba: esa visión de una panda de inocentes deambulando por las laderas del Mar de Galilea cautivados por las palabras de Jesús, las charlas alrededor de una candela en la playa o en casa de algún fariseo o cobrador de impuestos… Pero hasta hace poco, sí que me imaginaba que habrían recibido una formación completa; tres años al lado del maestro debían haber servido para prepararles para todo lo que el futuro les depararía, ¿no?

Imagen cortesía de Lumo Project Films.
Sin embargo, no parece que fuera así.
Lo que Jesús no les dijo
¿Por qué, por ejemplo, no advirtió Jesús a los apóstoles acerca de la polémica de la circuncisión que azotaría la creciente comunidad cristiana? De hecho, ni una única vez habló de este asunto que luego tanta controversia levantaría. ¿Tan difícil habría sido autorizarles a abandonar el mandato mosaico y recibir a gentiles sin exigirles circuncidarse?
Por lo que se ve, Jesús no tuvo ninguna intención de entregar una serie de reglas o normas que, bien memorizadas, servirían para cualquier situación futura con la que sus seguidores pudiesen encontrarse. Más bien, quiso darles un ejemplo vivo de cómo comportarse y relacionarse con la gente en una multitud de situaciones, la mayoría de las cuales desafiaban sus convicciones tradicionales y estereotipadas. Les enseñó principios y valores, instándoles a desarrollar la capacidad de oír la voz de Dios y reconocer el mover del Espíritu en circunstancias desconocidas. La oportunidad, la necesidad, de ejercer este discernimiento no tardó en presentarse.
A partir de los eventos de Pentecostés, poco a poco fueron uniéndose a la comunidad cristiana personas de distintos trasfondos. Ya no eran apenas «varones galileos» (Hechos 1:11). Judíos de Jerusalén y la región de Judea, entre ellos algunos sacerdotes, adoptaron la nueva fe. Del mismo modo iban apareciendo otros de la diáspora —de habla griega— creando una dinámica nueva que provocó decisiones creativas y valientes. Se sabe de sobra, como bien nos aclara Juan, que «los judíos no tienen trato con los samaritanos» (Juan 4:9, DHH [1]). Por tanto, la expansión a Samaria a manos de Felipe sin duda causó cierta reticencia para más de uno en una iglesia que, a todos los efectos, era otra secta más del judaísmo del momento. Pero es en el capítulo 10 del libro de los Hechos de los Apóstoles que llega un momento crítico.
Permíteme interrumpir la narración un momento. ¿Qué tiene todo esto que ver con un blog sobre las relaciones de parejas del mismo sexo? A ver…
Confrontando nuevas realidades

Imagen creada con Grok.
A lo largo de su historia, la iglesia ha afrontado momentos que han desafiado el entendimiento recibido o tradicional y las posturas teológicas o interpretaciones escriturales que lo mantienen. A través de un proceso de diálogo, escucha —en especial de la experiencia vivida— y reflexión, en humildad y apertura de corazón, todo no sin evidentes y fuertes luchas internas, dogmas y creencias sentidas se han evaluado y ajustado o repudiado.
Entre otros, podríamos hablar del heliocentrismo, la legitimación de los soberanos absolutos, la evolución, la edad de la Tierra, el papel de la mujer en la iglesia y la sociedad, el abandono del pacifismo, el castigo corporal y capital, el divorcio, la poligamia, el antisemitismo, la superioridad de la raza blanca y la cultura occidental, la esclavitud, los medios anticonceptivos… El estímulo para estos cambios amplios no nació dentro de la iglesia en sí, sino que fue el resultado de un choque de pensamiento al afrontar ideas novedosas o prácticas heterogéneas en las sociedades circundantes. Con todo, el testimonio de la experiencia vivida y las evidencias del mundo natural forzaron una revisión de convicciones profundamente arraigadas y percibidas como «bíblicas».

Fotos por la NASA, Prince Kwembe y Simon Berger en Unsplash.
Hoy, de cara a los cambios socioculturales e investigaciones científicas actuales, contemplamos otra cuestión. Aunque pueda parecer radical, cuestionar interpretaciones tradicionales sobre la homosexualidad y las relaciones homoeróticas tiene precedentes. Ciertamente, la materia en sí refleja nuestro mundo contemporáneo, pero dentro de la propia historia de la iglesia, verse obligado a abrazar un proceso costoso de reevaluación con potencial para desencadenar eventuales cambios de entendimiento, desde luego no es nada nuevo.
Afortunadamente, las Escrituras nos dejan ejemplos de procesos similares que nos pueden servir de paradigma. Si no se hubiesen tomado pasos gigantescos de innovación, el evangelio nunca habría podido traspasar las fronteras del mundo semítico judío e injertarse en el mundo grecorromano de la época. Y nosotros, gentiles en nuestra mayoría, nunca habríamos conocido a Cristo.
Ahora, efectuado este pequeño desvío en modo de aclaración, volvamos al libro de los Hechos, capítulo 10…
La inclusión de los gentiles
Lucas nos presenta en primer lugar a un tal Cornelio, comandante de un batallón de soldados romanos en Cesarea. A pesar de ser considerado piadoso y temeroso de Dios [2], era un no-judío, gentil, pagano.

Imagen de Stockcake.
A Dios no parece importarle mucho su condición de incircunciso; no solo le asegura que sus oraciones se han oído, sino que le manda un recado bien específico, con el nombre y dirección del que tiene que traer: Simón Pedro. Mientras tanto, el apóstol se encuentra a unos dos días de viaje en Jope. Justo antes de que lleguen los enviados de Cornelio, inmerso en oración al esperar que se le prepare la comida, recibe una visión acompañada por las palabras enigmáticas «Lo que Dios ha purificado, no lo consideres tú profano» (Hechos 10:15, BLP [3]). La visión le deja perplejo y a la defensiva, llevándole a pronunciar una frase que encierra tensión: «De ninguna manera, Señor».
Era normal que Pedro no supiera qué pensar. Las leyes levíticas sobre qué se podía y qué no se podía comer eran claras y su aplicación cimentada en las tradiciones y el día a día de los judíos. Las costumbres basadas en la búsqueda de pureza ritual dictaban no solo la dieta sino los acompañantes aceptables a la hora de comer de todo judío, convirtiendo cada comida en un acto de obediencia a Dios.

Imagen de Stockcake.
¿Cómo que Dios ahora le dice lo contrario? Meter la mano y mojar el pan en el mismo plato con un gentil incircunciso e inmundo que comía de todo era impensable.
No obstante, Pedro reunió un grupo de acompañantes y volvió con los enviados a casa de Cornelio, donde, ante los ojos incrédulos de los creyentes judíos, Dios remató la faena. No dio ni siquiera tiempo a Pedro de terminar su sermón cuando «el Espíritu Santo descendió sobre todos los que oían el mensaje» (v. 44). No fueron movidos por razones emocionales o sociales, su asombro fue que «también sobre los no judíos se derramase el don del Espíritu Santo» (v. 45). Ante la innegable evidencia de la aceptación divina, se abre un nuevo capítulo en la historia de la iglesia: «¿Puede negarse el bautismo a estas personas que han recibido, como nosotros, el Espíritu Santo?» (v. 47).
Claro, no fue el final del asunto. Pedro tuvo que defenderse de las acusaciones de herejía de parte de cristianos en Jerusalén. Y las implicaciones de esta aceptación, en especial el burlarse del mandato mosaico de la circuncisión, no tardaron en aparecer, causando «graves conflictos». Además, la acción de Pedro no dispensaba del necesario trabajo teológico posterior. Hechos 15 y una parte significativa de las epístolas de Pablo dejan constancia de este proceso laborioso.
¿Y Pedro? El hecho de que luego volviera a sus antiguas andanzas, rehusando comer con los creyentes no judíos en Antioquía (Gálatas 2:11-14), da testimonio de la profunda lucha que se desató en él. No olvidemos que ni los tres años al lado del Maestro habían servido para romper su clara convicción, expresada a Cornelio, de que «a un judío le está prohibido relacionarse con extranjeros o entrar en sus casas» (Hechos 10:28). Era de esperar, pues, que esta revelación personalizada de parte de Dios en Jope y la experiencia de la acción directa del Espíritu Santo en casa de Cornelio tampoco le inmunizaran contra las dudas.
Ahora nos toca a nosotros
Vistas las dificultades de Pedro, no debemos extrañarnos si hoy nos cuesta también. De cualquier modo, Dios nos invita a ser sensibles al mover del Espíritu Santo en personas y contextos que no encajan en nuestros moldes teológicos; a soltar nuestros prejuicios y abrirnos, a pesar de la exclusión histórica, a la experiencia vivida de personas del colectivo LGTBQ+ de la gracia de Dios. Sabiendo que todavía tendremos que dedicar tiempo a la reflexión teológica, ¿seremos capaces de decir, como Pedro?:

Foto por Rod Long en Unsplash.
«¿Puede negarse la comunión a estas personas LGTBQ+ que han recibido, como nosotros, el Espíritu Santo?»
Neil Rees estuvo en una organización misionera internacional durante 27 años, durante los cuales trabajó con iglesias y puntos de misión en España y el norte de África antes de asumir el cargo de director internacional de la entidad. Después ejerció de pastor en una iglesia evangélica en la localidad de Ormskirk, en el noroeste de Inglaterra. Tiene un máster en desarrollo internacional y es autor de un libro, publicado en español con el título ¡¿No todo lo que hay en nuestras biblias es inspirado por Dios?! [4]. Se ha implicado activamente en iniciativas para fomentar la inclusión de las personas LGTBQ+ en la Iglesia. Reside actualmente en Extremadura, con su esposa Lynn, desde donde participa en programas de formación bíblica y de capacitación de líderes cristianos, trabaja con creyentes locales y colabora con un par de iglesias cercanas. |
Notas
[1] DHH: Dios habla hoy®, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983, 1996. Texto usado con permiso.
[2] Estas expresiones se usaban para designar a personas que creían en el Dios de Israel, pero que no habían dado el paso de convertirse. Se les permitía participar en las oraciones en las sinagogas, pero todavía eran consideradas como personas «impuras». Para los hombres, el paso imprescindible para llegar a ser prosélito era la circuncisión, que, en el mundo grecorromano, representaba una barrera impensable para la vasta mayoría.
[3] BLP: La Palabra, versión española, © Sociedad Bíblica de España, 2010. Texto usado con permiso. Si no se indica lo contrario, las citas bíblicas de este post son de la BLP.
[4] Este libro de Neil Rees fue publicado en español en el año 2000 por Misión Horizontes (Horizontes América Latina) y en inglés en 2007 por la editorial Kingsway (Eastbourne, Reino Unido), con el título Not Everything in Our Bibles Is Inspired.
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